«Existe la tendencia de adjudicar anécdotas divertidas, inteligentes o ingeniosas a personajes relevantes; en este sentido Cela fue un gran acaparador de ellas, pero muchas veces las alimentaba él mismo, a sabiendas de que no eran ciertas», explica Gaspar Sánchez Salas, quien acaba de publicar 'El coño de don Camilo' (Espejo de Tinta), apadrinado por el propio hijo del escritor, Camilo José Cela Conde.
El que fuera secretario de Camilo José Cela durante seis años (1995-2001) ha escrito, con «admiración y respeto», algunas vivencias que compartió con el premio Nobel gallego. «A mí me enseñó dos cosas importantes; poner todo el empeño en conseguir lo que uno desea y huir de la mediocridad como se huye de la peste».
El último capítulo está dedicado a las 'leyendas urbanas' que han rodeado la vida del escritor y académico. «Uno de los episodios más esperpénticos es aquella frase que supuestamente dijo en su lecho muerte, '¡Viva Iria Flavia!'. El propio Cela lo hubiera considerado de pésimo gusto».
Una revista madrileña publicó que un día, mientras el ex sacerdote Lluís Maria Xirinacs pronunciaba un discurso en el Senado a favor de los matrimonios homosexuales, Cela eructó de forma escandalosa, lo que interrumpió la perorata del senador. «Eso es una leyenda; Cela me dijo que se lo habían inventado, pero me precisó que no lo iba a desmentir porque le hubiera gustado que fuese cierta».
En opinión de Sánchez Salas, la más grotesca de todas es la que relata las incursiones del Nobel en un prostíbulo de Barcelona. «Dicen que iba con un ejecutivo de su editorial. Este señor era quien le elegía las señoritas; Cela, para mortificarle, le obligaba a estar cerca de la habitación. Cuando gritaba '¡Viva España!' significaba que acababa de rematar la faena. El ejecutivo, entonces, podía pasar».
«Era incluso tímido»
Este tipo de comportamientos, según su secretario, son más propios de un personaje de Cela que de Cela, a quien considera un hombre normal. «Si se me apura diría que era incluso tímido; fabricó un ogro porque era una buena forma de promocionar su obra, pero en el día a día se mostraba muy afectuoso. Una vez me llegó a decir que él era un sentimental al que le habían educado para no serlo».
También recuerda que fue C.J.C. («Comer, joder y caminar», decía el propio novelista coruñés) quien consiguió que la palabra 'coño' fuera aprobado por la Real Academia Española. «Apeló a la autoridad de Quevedo, y, claro, ningún académico se opuso», señaló.