Eduardo Mendoza se despidió de los lectores de su columna generalista, heredada precisamente del futbolero Vázquez Montalbán, presumiendo por no haber comparado nunca el fútbol con la vida. A mí me parece, en cambio, que hay frecuentes posibilidades de comparación. El partido con el Racing resultó trabado y decepcionante. El Racing de este año, con el que casi nadie contaba, que se acabó de confeccionar con apuros, justo en la semana previa al comienzo de la Liga, ha resultado un equipo conjuntado y rocoso, incómodo, de esos que no sería fácil explicar dónde tienen la gracia pero que, si obtienen buenos resultados sucesivos, a lo largo de toda la temporada, debe de ser por algo. Orden, buena disposición, conciencia de sus fortalezas y limitaciones, y un buen entrenador, Marcelino, que organiza todo eso.
En el periodismo clásico, el redactor debía permanecer al margen del relato. Luego vinieron las interrelaciones con la literatura, Capote, Mailer, y después el «nuevo periodismo», que bendijo el punto de vista subjetivo. Tom Wolfe o Hunter S. Thompson manejaban con naturalidad la primera persona del singular y se entremezclaban con los protagonistas de sus reportajes. ¿Por qué digo todo esto? En la anterior ocasión en la que el Racing visitó San Mamés, el partido de vuelta de cuartos en la Copa, pensé que el entrenador del Racing, Marcelino, había sido poco considerado con el Athletic en unas declaraciones. Por eso le pedí respeto ya desde el título de mi artículo, 'Es el Athletic, Marcelino', un artículo que seguramente pecó en alguna medida del mismo error que señalaba, puesto que numerosos aficionados del Racing se molestaron. No era esa mi intención, pero si se sintieron molestos, debió de ser porque el tono y las palabras no estuvieron bien medidos. Mis disculpas, junto con el reconocimiento de que este año el Racing ha sido mejor que el Athletic. En esta ocasión fue Aduriz quien se equivocó, en los días previos al partido. Dijo que quería ganar, no sólo atendiendo a los objetivos naturales del equipo, es decir, por apurar las opciones de Intertoto, o por elemental profesionalidad, sino también, y esas cosas no deberían decirse aunque se tenga la mala suerte de pensarlas, por fastidiar al Racing. Fue un error. Bastantes camorristas hay en las gradas, en aquéllas y en éstas, para que, además, les demos cuerda. Los jugadores deberían ser siempre deportivos, sea por buena crianza o por cumplir las cláusulas de sus contratos, en las que debería incluirse la exigencia de un comportamiento acorde con el prestigio del club. Días atrás dio mucho juego la torpe ocurrencia de que rendir homenaje al campeón, el Madrid, era una humillación para su eterno rival, el Barça, a quien el azar designó para el pasillo de cortesía. Es un disparate. Hay que pelear por la victoria hasta el final, con todas las fuerzas, y luego aceptar la derrota con grandeza. Nada hay en ello de humillante.
El acontecimiento deportivo de la semana, tal vez de la temporada, ha sido la despedida de Rijkaard. «Han sido un honor para mí estos cinco años», dijo Rijkaard sin levantar la voz. Sonrió con modestia, como ha hecho siempre, y no repartió la responsabilidad con nadie. No hizo reproches y seguramente hubiera podido hacerlos. No puso disculpas, a pesar de las lesiones y los líos. Ha sido discreto, prudente y educado hasta el final. Caballerosidad, elegancia, grandeza, honor son palabras antiguas que deberían estar siempre de moda, como los clásicos. El fútbol, aunque Eduardo Mendoza no lo sepa, tiene muchas similitudes con la vida. Se equivocó Aduriz en las previas, y Yeste cuando el partido se había terminado. Deberíamos aprender a ganar y perder como Rijkaard. Vino a Barcelona cuando el equipo estaba desahuciado y consiguió dos ligas y una 'Champions', así como un fútbol estupendo. Siempre fue considerado con todos. Su fracaso definitivo consistió en que Zambrotta despejara mal ante el Manchester, con la buena fortuna para Schols de que acertara a meter la bola por la escuadra. El Manchester, tal vez el próximo campeón de Europa, en ningún momento fue superior al Barça. Es más, jugó agazapado, como sintiéndose inferior. En el fútbol y en la vida unas veces se gana y otras se pierde. Lo que nos salva es que sepamos cómo hacerlo.