Esto se acaba. La función futbolera se apresta a echar el telón. Mientras algunos privilegiados recolectan trofeos, pasillos y portadas, nosotros nos conformamos con no seguir coleccionando nudos en la garganta. Llega a su final una temporada de transición, marcada por objetivos más propios de centros de rehabilitación que de estadios de fútbol. San Mamés ha sido durante demasiado tiempo un hospital de campaña. Se trataba de cauterizar las heridas tras años de zozobra confesada y compartida. Antes del cómo estaba el qué. Por ahí, nada que objetar. Misión cumplida. Como en uno de esos abrumadores cuadros de Rembrandt, en los que apenas brilla un halo de luz en un rincón, hemos acabado intuyendo un leve destello al fondo del túnel. La recta final de la temporada nos ha animado a soñar con un futuro mejor. Tampoco es tan difícil. El listón estaba por los suelos.
Para animar a la tropa, nos entretenemos con cualquier cosa. Eso de que el Racing de Santander sea el gran rival a batir, qué quieren que les diga. Deprime mogollón. A mi lo que me pone es ganarle al Real Madrid o, puestos a rebajar expectativas, el ahora postergado derbi contra la Real Sociedad. El Racing no pasa de ser uno de esos vecinos al que nuestras glorias pasadas se le atragantan tanto como les resulta incomprensible la brecha abierta entre la pobre realidad de nuestro presente y las ilusiones majestuosas que seguimos albergando. Nuestra imagen de hermano mayor con cierta tendencia a la fanfarronería paternal se ha acabado instalando en el imaginario colectivo de equipos como el cántabro, el Alavés o la propia Real. Vamos, que no nos pueden ni ver.
En la historia de la Liga, el Racing ha sido uno más en la larga lista de equipos que han rendido pleitesía al busto de Pichichi. Nos ganaron cinco veces en sus cuarenta comparecencias anteriores, encajando la bonita cantidad de 110 goles. Un Athletic-Racing ostenta el récord de marcador más abultado de la historia del torneo. Fue un lejano 5 de diciembre de 1933. Cuatro de Unamuno, tres de 'Bala Roja' Gorostiza y uno por cabeza de Bata e Iragorri. Todo bajo la atenta mirada de Mister Pentland, su puro y su bombín. Leyendas a las que nunca vimos pero con las que siempre soñamos.
Les confieso que si pudiera navegar en la máquina del tiempo como Michael J.Fox en aquella trepidante película de Robert Zemeckis, mi primera parada sería en San Mamés para ver al mítico Athletic de los treinta. El pensador argentino Tomás Eloy Martínez afirma que nada se recuerda tan honradamente como lo que no se pudo vivir. Hoy, veinticinco años después del desembarco más recordado desde el de Colón (hablo, obvio, de la gabarra) nos conformamos con mucho menos. Nos vale, de momento, con vivir para contarlo. En Primera. Y con la vista puesta en un futuro próximo en el que soñamos con ser más potencia y menos impotencia. Así que, como los argentinos a los que retrata mi admirado Tomás, nos seguiremos aferrando a los sueños del pasado o a las utopías del futuro. Es eso o seguir hablando de la Intertoto. Ustedes mismos.