
HERNANI. Varios operarios revisan una de las excavadoras atacadas ayer por las bombas de ETA. / MIKEL FRAILE
ETA cometió en la madrugada del lunes su primer atentado contra el Tren de Alta Velocidad (TAV) con la colocación de dos bombas en sendas excavadoras pertenecientes a una empresa adjudicataria de las obras en el tramo guipuzcoano. Desde hace meses no había dudas de que la banda iba a actuar de un momento a otro contra el proyecto. Tanto los responsables de las fuerzas de seguridad como dirigentes políticos vascos sabían que se encontraban en una cuenta atrás para llegar al día en el que las obras pasaran de figurar como objetivo de la 'kale borroka' a situarse de lleno en la diana de los miembros de la organización terrorista.
El primer atentado consistió en el ataque contra dos excavadoras de la empresa Amenábar, concesionaria de parte de las obras del trazado guipuzcoano. Al igual que hizo en anteriores épocas, ETA no actuó directamente contra las infraestructuras sino que eligió a las compañías responsables de llevar a cabo las excavaciones en un intento de amedrentar a las adjucitatarias. La estrategia es similar a la que ya siguió, por ejemplo, en la autovía de Leizarán.
En esta ocasión, los terroristas colocaron en las excavadoras sendas ollas cargadas con explosivos, al parecer amonal, según la versión oficial del Departamento de Interior. La explosión se produjo alrededor de las dos y media de la madrugada en el barrio Santa Ana de Hernani. Los vecinos llamaron por teléfono a la Ertzaintza para avisarles de que habían escuchado una fuerte detonación. Varias patrullas se desplazaron hasta la zona, donde se llevan a cabo las obras para la variante de la localidad guipuzcoana de Urnieta, pero no detectaron nada sospechoso «ni encontraron indicios de ninguna explosión», según la consejería que dirige Javier Balza.
Alrededor de las ocho de la mañana fueron los trabajadores de la variante quienes volvieron a avisar a la Ertzaintza para notificarles que dos excavadoras presentaban daños por haber sufrido un sabotaje. Los empleados les explicaron también que en un caserío próximo se había detectado la rotura de varias ventanas. Los ertzainas volvieron a examinar la zona y esta vez comprobaron que había daños en la maquinaria pesada y retiraron diversas evidencias. El Departamento de Interior, que en ningún momento de la mañana informó de la existencia del sabotaje, aseguró ayer que entonces «no se pudo precisar de qué ataque se trataba». Ya a las cinco y cuarto de la tarde, un comunicante llamó en nombre de ETAa la DYA de Vizcaya para notificar la explosión. La reivindicación era bastante escueta y confusa, por lo que en un primer momento se creyó que se trataba de un atentado que iba a producirse y no de otro que ya había sido perpetrado. A las siete de la tarde, Interior ya comunicó de manera oficial que ETA había cometido su primer ataque contra el TAV.
Los indicios más tempranos de que la banda terrorista iba a atentar contra el Tren de Alta Velocidad aparecieron en noviembre de 2006. En esa fecha el alto el fuego seguía en vigor pero faltaba un mes para que los etarras atentasen contra la T-4. Los distintos implicados en la negociación ya habían detectado ese verano que la organización había endurecido su postura respecto al proceso de paz y se habían encendido todas las luces rojas.
Las fuerzas de seguridad se incautaron entonces de un documento titulado «Vamos a parar el TAV» en el que la izquierda abertzale planificaba distintas vías de sabotaje contra las obras. En el texto se explicaba de la manera más cruda posible cuál era el objetivo final: «El éxito no se medirá sólo en función de que el proyecto se construya o no. Es más importante la concienciación que consigamos, el mensaje que difundamos, las fuerzas políticas que movilicemos y las contradicciones que creemos».
Los expertos ya consideraron entonces que, en caso de ruptura del alto el fuego, el TAV sería uno de los objetivos de la banda puesto que no crearía las disensiones internas que podría despertar entre sus propias bases otro tipo de atentados. El Ministerio y el Departamento de Interior decidieron crear una comisión especial para estudiar la seguridad de las obras.
Manual de sabotaje
En 2007 se registraron los primeros sabotajes directos contra empresas que trabajaban en el tramo alavés del proyecto, además de campañas de acoso en sus sedes. En octubre de ese año las fuerzas de seguridad encontraron en poder de un grupo dedicado a la violencia callejera un manual sobre cómo llevar a cabo ataques contra las obras del TAV. El folleto, titulado «Txikitzaileak txikitu» (destrozar a los que destrozan) explicaba formas de destrozar las obras y cómo reivindicar las acciones violentas. El objetivo era «que los daños económicos causados aumenten los gastos hasta que el beneficio que quieren obtener las empresas se convierta en pérdidas».
La amenaza fue aumentando de manera paulatina. A los distintos grupos de kale borroka desmantelados por el Cuerpo Nacional de Policía se les comenzaron a ocupar listas con direcciones de empresas que trabajan en el TAV. Para entonces, la firma de Irún Excavaciones Ugarte ya había reconocido que abandonaba las obras por las protestas organizadas por la coordinadora contra el Tren de Alta Velocidad. Este colectivo había colocado carteles contra la empresa e incluso había organizado una manifestación frente a su sede.
Desde la mesa nacional de Batasuna, mientras tanto, se comenzó a difundir a sus bases que el proyecto ferroviario era «un ejemplo de imposición» que «interfiere en la construcción nacional de Euskal Herria». En enero, ETA dejó claro que el TAV estaba entre sus objetivos estratégicos. En una entrevista, los dirigentes etarras compararon estas obras con las de Lemoiz y Leizaran y aseguraron: «Los políticos no han aprendido nada de lo que pasó entonces». Ya sólo era cuestión de tiempo. Cinco meses después de aquella declaración, ETA ha hecho estallar sus primeras bombas contra el proyecto.