Aunque depende de muchos factores, la temperatura corporal se mantiene más o menos constante, con escasas variaciones, gracias a un control automático que equilibra la generación y pérdida de calor. Esa estabilidad es esencial para conseguir un funcionamiento celular y orgánico correcto. Los ciclos metabólicos de las células necesitan una determinada temperatura, así como las microscópicas estructuras que se encuentran dentro de ellas. Además de esos sistemas microscópicos, los diversos órganos también precisan de un calor interno estable, como sucede con el cardiovascular o el sistema nervioso central.
Las variaciones de temperatura importantes se consideran nocivas porque ponen al organismo en una situación difícil. Si esos cambios alcanzan un determinado límite pueden poner en peligro incluso la vida.
Esa estabilidad se debe conseguir independientemente de la temperatura ambiental. El cuerpo humano tiene una capacidad de adaptación muy importante, algo que también se observa entre los seres vivos evolucionados. Otros, menos complejos, dependen en gran parte de la temperatura ambiental, y eso se traduce en que el grado de actividad se acopla a la presencia de calor o frío.
El punto perfecto
A pesar de esa capacidad de adaptación, si la temperatura externa es cercana al punto de equilibrio térmico -veintiún grados- mejora la sensación de confort. Ese equilibrio que permite mantener la temperatura corporal casi constante se mantiene gracias a que la generación de calor se compensa con unas pérdidas controladas y adaptadas a las necesidades del organismo.
La generación de calor depende del metabolismo celular. Durante los ciclos que determinan la producción de energía se produce calor. De hecho, parte de esa energía se transforma en calor. Son ciclos metabólicos dependientes del oxígeno en gran parte así como de la presencia de nutrientes básicos así como ciertos minerales. Esos ciclos se mantienen permanentemente activos ocasionando una generación continua de calor. El grado de actividad de esos ciclos depende sobre todo de los requerimientos energéticos. Por eso, en situaciones de una demanda mayor de energía se incrementa notablemente la generación de calor incluso cuando la temperatura del ambiente es elevada.
Siempre prevalece la necesidad de energía a la hora de plantear la actividad de esos ciclos. Esa demanda de energía será elevada en determinadas circunstancias, como una actividad física intensa o cuando el organismo debe adaptarse a una situación de estrés -como sucede durante una enfermedad-.
Ese equilibrio puede sufrir algunas variaciones que raramente superan el medio grado centígrado. Suceden en relación con factores hormonales o metabólicos. Es propio de las mujeres que el ciclo ovárico determine en gran manera la evolución de esa temperatura corporal. Eso explica que se produzca un incremento calórico en las fases de mayor actividad.
Para mantener esa capacidad de ajuste es preciso contar con un sistema hormonal estable, un buen estado nutricional con depósitos fácilmente utilizables y un adecuado nivel de líquidos corporales.
Mecanismos de control
La temperatura del organismo está sometida a un estricto control. Existe un centro encargado de controlar la evolución de esa variable. Se encuentra situado en el hipotálamo, un núcleo cerebral primitivo en la escala evolutiva. Recibe información constante sobre la temperatura del organismo gracias a diversos receptores situados por todo el cuerpo, especialmente en contacto con la sangre y algunos fluidos. Las señales emitidas por los receptores son transmitidas hacia el sistema nervioso central.
La necesidad de mantener la producción de energía obliga a ese centro regulador a influir constantemente en un eje hormonal muy relacionado con el equilibrio térmico, del que forma parte el tiroides. Las hormonas tiroideas tienen una gran importancia a la hora de seguir con la fabricación de energía. De hecho, cuando se produce un trastorno en ese eje hormonal, surgen grandes variaciones en la temperatura corporal que se acompañan de síntomas como escalofríos.
Se puede determinar la temperatura corporal periférica mediante el uso clásico del termómetro en la axila. Si se pretende valorar la temperatura central se recurre a la medición bucal o anal (algo muy socorrido en los niños pequeños cuando no se puede obtener una cifra fiable con el otro método). Entre ambas determinaciones hay diferencias que pueden superar el grado centígrado, siendo en estos casos un dato a valorar.
Junto a todos esos cambios más o menos fisiológicos, se observan otros que son capaces de provocar serios trastornos. A partir de 37,5, se empieza a hablar de febrícula y a partir de 38, de fiebre. La fiebre es la manifestación de que está sucediendo algo anómalo en el organismo. Esa anomalía puede venir provocada por un proceso inflamatorio unido o no a una infección. Ese incremento de la temperatura corporal puede incluso facilitar la lucha contra los microorganismos, pero en otras situaciones, puede suponer un riesgo relevante.