De un tiempo a esta parte, se ha extendido entre nosotros la certeza de que los viajes son altamente formativos y de que es imprescindible para el hombre moderno 'conocer otras culturas', es decir, comer cosas extrañas, visitar museos absurdos, subirse a elefantes y sacar diez mil fotos a cualquier esquina que resulte suficientemente pintoresca.
Además, ahora que Occidente es todo más o menos igual -una gran ciudad llena de chicos Erasmus, pubs algo irlandeses y puestos de 'fast food'-, hay que viajar lejos, a sitios exóticos y misteriosos que sean capaces de sembrar entre nuestros vecinos y compañeros de trabajo oleadas de envidia y admiración: el África Negra, la enigmática China, el Himalaya, Vietnam, Arabia Saudí.
La poderosa industria del viaje ha conseguido meternos en la cabeza que el planeta es un lugar amigable y lleno de encanto. Lo raro es que nos lo hayamos creído, cuando sabemos que ni siquiera nuestro propio barrio es amigable y encantador. Lo desconocido nos atrae, siempre lo ha hecho, pero ya no nos pone alerta: pensamos que el mundo entero es una atracción ideada por el 'National Geographic'.
El resultado es que el mundo está lleno de turistas a punto de meterse en un lío en el lugar equivocado. Algunos de ellos lo harán por incautos y otros por pasarse de listos. A todos se les arruinarán las vacaciones. Imaginen cómo estarán las cosas que hasta en las guías de viaje comienzan a pedir un poco de moderación. Tengo frente a mí una dedicada a Alemania en la que se recomienda «evitar tratar el tema del Tercer Reich con desconocidos».
Para evitar problemas, basta con pensar un poco y tener algunas precauciones. Si van a Letonia, por ejemplo, dejen las banderas en paz. Recuerden a esos jóvenes españoles que estaban de copas en Riga y terminaron en la cárcel por descolgar una de plástico para llevársela de recuerdo. Les acusaron de ultraje a la enseña nacional. Y hagan el favor de dejar las drogas en casa, especialmente cuando viajen a países árabes donde muchas veces el consumo se equipara al tráfico y donde la pena capital no es una forma un poco rara de referirse a los penaltis.