Un día de octubre de hace veinticuatro años una bomba de ETA explotó a sólo dos metros de Leoncio Sáinz, que prestaba servicio en el cuartel de la Guardia Civil de Galdakao. Su emotiva intervención de ayer en el Kursaal sirvió para rendir un sentido y «hasta ahora desconocido» homenaje al instituto armado, al que la banda ha golpeado una vez más con saña con el asesinato del agente Juan Manuel Piñuel en Legutiano.
Más allá del recuerdo, las palabras de Sáinz sirvieron para despertar conciencias y reivindicar el papel de los guardias civiles como servidores de la libertad, un homenaje hasta ahora pendiente y que, tras el histórico acto del Parlamento vasco en memoria de Piñuel, debe convertirse en «ejemplo para el futuro». Así lo pidió Sáinz, que se unió al agradecimiento de la viuda de la última víctima de ETA al pueblo vasco por su «dignidad». Porque, relató, no ha sido habitual para los agentes y sus familias sentir cercanía y calor humano en Euskadi. Han vivido, recordó, el «desamparo» de los años de plomo, «cuando nos íbamos de esta tierra con los cuerpos sin vida de nuestros compañeros».
Por eso subrayó que, aunque algunos en Euskadi aún puedan «llevarse las manos a la cabeza» al verle en la tribuna del auditorio donostiarra, los responsables de atención a las víctimas del Gobierno vasco «han hecho bien» en invitarle. «No olviden que trabajamos por su libertad, que queremos el mejor futuro para ustedes, el mejor futuro para España», recalcó.
De hecho, sus primeras palabras fueron toda una declaración de intenciones. «Soy guardia civil, que conste. A mucha honra», proclamó entre los aplausos de las víctimas, muchas de ellas puestas en pie. «Nunca me he sentido tan orgulloso de pertenecer a un cuerpo que está dando lo mejor que tenemos, nuestra propia sangre, por España, el País Vasco y la libertad».
Sáinz quiso desmontar el mito de que quien ingresa en el cuerpo lo hace «porque no tiene otro remedio». «No somos mártires por vocación, queremos vivir como ustedes», confesó. La razón de ser de su sacrificio, el motivo por el que «soportamos tanto dolor», no es otro que «la defensa de la libertad». «Vivimos y morimos para velar por su seguridad, para que el Estado de Derecho venza al terror, para que el hijo de Piñuel pueda disfrutar de un futuro en paz y libertad», dijo el agente, en cuyo rostro aún eran visibles las cicatrices del zarpazo etarra.
Y habló también de su particular banda sonora del horror: el llanto de los niños en una casa cuartel derruida por las bombas de ETA. «¿Cómo puede mirar el terrorista a los ojos de sus hijos, feliz y contento de haber hundido la vida de esos niños, de hacerles llorar, de haber llevado el miedo a su mirada? ¿Cómo se puede vivir así el resto de la vida?».