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El BCE se enfrenta a un dilema infernal. Sus estatutos le obligan a preocuparse en exclusiva de la inflación, pero es obvio que a los ciudadanos, y en general a los gobiernos europeos, les preocupa más el descenso de la actividad y el aumento del paro. El sueldo mengua cuando los precios suben, pero desaparece cuando nos vamos al paro. Luego, por detrás de los estatutos viene la teoría económica que recomienda subir los tipos de interés y endurecer la política monetaria cuando la inflación se dispara, como es el caso en nuestros días. Por eso Trichet ha decidido subir un cuarto de punto los tipos y es más que probable que no sea éste el último retoque al alza.
Pero el problema se complica cuando observamos que el elevado nivel alcanzado por los precios, el problema de esta inflación, es más de costes que de demanda. Los tipos altos son una buena medicina para frenar los precios cuando estos suben como consecuencia de aumentos desaforados de la demanda, ya que los empresarios procurarán subirlos cuando reciban un volumen de pedidos que supere su capacidad de producción. Pero ahora suben, fundamentalmente, porque los empresarios tratan de repercutir, sobre el precios de los productos finales, los terribles aumentos de los costes que soporta fundamentalmente en sus compras de materias primas. Por eso, corremos el riesgo que la subida de tipos decretada por el BCE suponga un empuje a la 'estanflación'. En efecto, puede que no sirva para enfriar unos precios que van a seguir presionados por los costes, pero sí consiga disminuir un poco más la ya de por sí alicaída demanda. Sería, simplemente, lamentable.

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