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L leva una temporada el Ayuntamiento avisando de que iba a echarle un ojo al asunto del fraude en las ayudas sociales. Mientras tanto, en la calle crecían los rumores sobre gente que cobra esas ayudas y se da la gran vida, habitando pisos estupendos y conduciendo coches de enorme cilindrada. Lo cierto es que este optimista antropológico no sabía qué pensar. Uno siempre ha confiado mucho en la capacidad del vecino para la estafa y el sablazo, pero también en la del vecino del vecino para el chismorreo, la injuria y la dentera.
En esas estábamos, reflexionando sobre cuánto bueno hay en el ser humano, cuando el concejal Ricardo Barkala nos informa de que el pasado marzo el Área de Acción Social comenzó a revisar expedientes en busca de fraudes. Lo ha hecho a través de una unidad especial de control e inspección que, en tres meses, ha estudiado cerca de quinientos casos sospechosos. A día de hoy, se les ha retirado la ayuda a trescientas personas.
Es muy deseable que se detecte a los golfos y también que se instale en el ambiente la sensación de que no es fácil timarle al Ayuntamiento unos cuantos cientos de euros mensuales. Nos dice el concejal que el porcentaje de infractores es bajo, ya que en la actualidad hay 18.000 familias que cobran la renta básica o las ayudas de emergencia.
En cualquier caso, conviene que nadie interprete lo que debe ser una asistencia excepcional destinada a quien no puede costearse lo imprescindible como una beca municipal para favorecer la holganza. Parece que hay quien se saca un sueldecito a base de ayudas y concluye que es absurdo trabajar por una cantidad similar. Un razonamiento fascinante. Es como si a usted le entra el hambre por la calle y se mete en un comedor social para ahorrarse lo que cuesta un pintxo en un bar.
El Ayuntamiento de Bilbao sabe que un número importante de los beneficiarios de las ayudas no hace lo suficiente por dejar de serlo. A partir de ahora, va a formalizar con ellos convenios de inserción social y laboral. Parece justo. Una cosa es el Estado del Bienestar y otra la Arcadia. Confundirlas no es bueno para nadie.

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