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Creatividad en Euskadi
D esde hace algún tiempo, la palabra creatividad se utiliza con mucha frecuencia en círculos empresariales y académicos a modo del nuevo mantra que necesitamos gritar para hacer tambalearse las murallas de Jericó mientras damos vueltas alrededor de nuestros problemas. Me gustaría por tanto hacer una serie de reflexiones al respecto.
El interés, al menos académico, por la creatividad viene de lejos con una amplia bibliografía de los De Bono, Michalko y otros muchos que han intentado dar cuerpo a ese proverbio judío que advierte de que cuando alguien te presenta dos opciones, debes siempre escoger la tercera. Es decir, aquélla que todavía no conoces. De hecho, en inglés se generalizó la expresión 'pensamiento lateral' con motivo del inesperado éxito económico de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Se trata de una expresión que pretende no sólo utilizar distintos puntos de vista para examinar un problema, sino explorar opciones más alla de las que son obvias y que están condicionadas por nuestras experiencias anteriores.
La creatividad utilizada como mantra se convierte en la última moda 'que hay que predicar'. Sin embargo, nada es fácil y la creatividad exige cambios profundos de comportamiento tales como: independencia de criterio; comodidad con el concepto de 'serendipity' o saber encontrar eso que ni tan siquiera se busca y que a menudo es resultado de un simple accidente; capacidad para apreciar lo positivo en lugar de obsesionarnos con los aspectos negativos que son evidentes; fomento y aprecio de la diversidad; y aún más importante, flexibilidad e independencia para trabajar en red, es decir, sin jerarquías mentales ni funcionales, que coarten enfoques y planteamientos. Se trata de un contexto mental que debería ser aplicado ya desde la escuela primaria.
Ademas de todo lo anterior, ser creativo exige pasión y compromiso. Ortega y Gasset ya advertía a sus alumnos de que no tenía nada que enseñarles, explicándoles que sólo aprenderían cuando se enfrentasen a sus propios problemas. Añadía además que sólo en ese momento estarían en posición de cuestionar lo que él les intentaba enseñar.
Si examinamos la trayectoria de personajes famosos de nuestro entorno, podemos comprobar cómo deberíamos ensalzarlos no por sus éxitos, sino por su 'pasión creativa' y determinación para encontrar sus propias soluciones. En una reciente visita al Museo de Hernani de Eduardo Chillida, sentí una profunda impresión y admiración por su enorme creatividad. Sin embargo, resultaba fácil imaginar las múltiples presiones que pudo soportar en su entorno social o familiar, como padre con ocho hijos que se resiste a tener un trabajo normal y apuesta por su nueva forma de ver el mundo. Pasando del arte al deporte, podemos fijarnos en Clemente y su larga trayectoria futbolística como entrenador, que, con independencia de las discusiones que haya podido generar, es indiscutible que ha aportado una nueva forma de entender el fútbol y de dirigir y relacionarse con su equipo y su entorno. Sin embargo, detrás de ese indudable ejercicio de creatividad, deberíamos resaltar su enorme voluntad y tenacidad para reponerse de la vertiginosa caída que sufrió a muy temprana edad, al pasar de ser figura futbolística de gran proyección a ciudadano de a pie. En el mundo empresarial, Ángel Iglesias es uno de nuestros muchos empresarios que, sin contar con un MBA a temprana edad, supo apostar por su sentido común y pasión para crear, de la nada, una empresa puntera e innovadora. Hace algunos meses me comentaba cómo le sorprendía el éxito en círculos empresariales del libro '¿Quien ha movido mi queso?'. Le chocaba que la lección que a tantos deleitaba era que todo ratón al que le han robado su queso tenía que aceptar esa realidad y ponerse de inmediato a buscar un nuevo queso. En ese punto, y con su característica comodidad con la creatividad, añadía: «Lo interesante realmente es saber quién, y por qué, ha construido un laberinto, ha metido en él a los pobres ratones, y encima se dedica a robarles el queso».
Tenemos los recursos, los medios y la oportunidad para provocar una transformación profunda en cómo nos relacionamos, cómo aprendemos y cómo trabajamos. Contar con un PIB alto y bien distribuido nos debe permitir ser creativos y arriesgar, rompiendo con la comodidad de lo ya conocido.

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