E n su viaje a Australia, el Papa Benedicto XVI no sólo ha expresado la vergüenza que siente ante los abusos sexuales a menores cometidos por algunos sacerdotes y religiosos de aquel país. Exhortó además para que esa vergüenza fuese un sentir común a la Iglesia y a todos los católicos. El Papa, en la línea de condena y petición de perdón hecha pública en el mes de abril, con motivo de su visita a Estados Unidos, precisó que la compasión y el cuidado que solicita para las víctimas de los abusos exige también la entrega de los culpables a la Justicia. La inquietud del Sumo Pontífice se hizo evidente cuando abogó por un ambiente seguro y sano que permitiera acoger a los más jóvenes en el seno del catolicismo. Aunque, dados los antecedentes, la exhortación papal requerirá de una acción perseverante por parte de los responsables de la Iglesia católica en Australia y de un testimonio cotidiano convincente ante la opinión pública.
Sería injusto responsabilizar al conjunto de la Iglesia de los delitos sexuales cometidos por algunos de sus sacerdotes. Pero sí cabe exigirle que lidere, como está haciendo el Papa, la lucha por acabar con uno de los delitos más execrables, cometido al amparo de la condición sacerdotal y sobre la parte más vulnerable de la sociedad, los menores. Benedicto XVI, con el mensaje que lanzó en Estados Unidos y que ha endurecido en Australia -dos comunidades católicas especialmente golpeadas por esta lacra-, ha emplazado directamente a todos los creyentes, pero en particular al propio clero, a que hagan de la lucha contra la pederastia una prioridad. Un llamamiento importante en una sociedad que necesita de referentes morales, y un compromiso que deberá traducirse en una colaboración franca, e imprescindible, con la Justicia para erradicar una práctica que atenta contra la dignidad humana.