C uando la economía va bien, la tendencia general es olvidarse de ella. Comprar, consumir, ganar dinero y volverlo a gastar, escuchar el run-run del dinero que crece en las cuentas corrientes de otros, en las inversiones y paraísos fiscales de otros, todo parece formar parte de un marco natural de leyes y recursos que siempre van a estar ahí, como las reservas de agua dulce, las selvas o los caladeros de pesca. En nuestros días, ni las reservas de agua dulce ni las selvas ni los caladeros son eternos. La comparación, debo admitirlo, es calculadamente inquietante y delatora. Cuando la máquina económica va bien, su imperio parece tan inapelable como el que reina en la cocina del cuento de Eduardo Galeano donde el cocinero gestiona el derecho de los animales a elegir la salsa en la que van a ser cocinados. Vivimos bajo el arbitrio de poderes que nos dan a elegir la salsa en la que vamos a ser cocinados, y de otros poderes, como ETA, que ni siquiera nos dejan elegir la salsa. Fundidos en el rebaño, vamos tan contentos a los pesebres del centro comercial, donde nuestro tiempo libre se invierte en gastar lo que hemos ganado en nuestro tiempo de trabajo. Allí florecen con mucha luz y color no sólo nuestras necesidades básicas, sino otras que no conocíamos hasta que nos fueron presentadas. Y entonces llega la crisis. Las crisis periódicas del capitalismo las describió Marx y hasta ahora el capitalismo no ha conseguido contradecirle. En el centro comercial habíamos llegado a creer que el sistema económico era el mundo, la eternidad y el destino de la especie. Ahora acudimos al blog de Leopoldo Abadía para ver si entendemos algo. Leopoldo Abadía no es economista, pero tiene una cabeza que funciona y una formación de ciencias. Además, es presidente de una consultoría. Sencillo, ingenioso e irónico, su blog se ha convertido en una referencia para las despistadas víctimas de la crisis. Alguien propone en él que a los inventores de los 'instrumentos financieros' causantes de lo que ya se conoce como 'la gran estafa' se les pague con los mismos 'instrumentos financieros'. En la misma línea de ideas, otra víctima de la crisis (o muchas) ha pro puesto que, ya que se socializan las pérdidas del capitalismo, se socialicen también las ganancias. El 'crack' del 29 midió las dimensiones de la injusticia, que resultaron ser estremecedoras, pero la crisis actual nos deja el eco de una risa regocijada y burlona que vie ne de todas partes y de ninguna.