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H ace unos cuatro o cinco años tuve el honor y el placer de defender en juicio a unos chavales de las Juventudes Socialistas que se habían encadenado a la verja del Parlamento vasco con una pancarta que, si no recuerdo mal, decía: 'Lehendakari, estamos locos, pedimos libertad'. A esta situación nos ha llevado en el País Vasco el nacionalismo. Aquí y hoy quien disiente, quien se niega a ser asimilado, quien pretende que sea efectivo y respetado su derecho a la libertad, se expone no sólo a la muerte física sino de manera cierta e inevitable a la muerte civil, al ostracismo, al exilio. Hoy en el País Vasco para los nacionalistas cualquier crítica o discrepancia es o un insulto, o una conspiración bastarda o ambas cosas a la vez. Peor aún, ni siquiera se respeta a quien desarrolla su trabajo y su función institucional o social si no coincide con los planteamientos y deseos del nacionalismo. Los jueces, los educadores, los empresarios, los periodistas están bajo la permanente sospecha de obedecer a oscuros e inconfesables intereses cuando sus sentencias, sus enseñanzas, sus análisis o sus informaciones no gustan a los nacionalistas. Ejemplos de lo que digo los hay a patadas y muy recientes, porque se pretende que todos entendamos que si somos obedientes el poder nos premiará, pero deberemos atenernos a consecuencias ingratas en lo personal y en lo profesional si somos rebeldes.
Una de las últimas muestras de ello se produjo hace unos días en la reunión de los padres de la Plataforma por la Libertad de Elección Lingüística con dos miembras del EBB. No voy a entrar ahora a analizar cuál de las versiones sobre lo sucedido se acerca más a la realidad, aunque confieso que, aplicando las reglas de valoración de la prueba, considero más verosímil en términos generales la ofrecida por los padres que la de las políticas. Lo que me importa destacar es una afirmación del comunicado oficial del EBB, que, tras calificarlos de «manipuladores y sectarios», señala que «no aprueba ni admite aquellos grupos de interés cuyo único objetivo es generar discordia». Tremendo. Menos mal que esos padres se reunieron con dos representantes de la que dicen es la corriente moderada y amable del PNV, porque si se llegan a entrevistar, por ejemplo, con Egibar o Arzalluz, en el mejor de los casos salen esposados hacia el juzgado de guardia en un furgón de la Ertzaintza. En resumen, para nuestro partido-guía cuando un número considerable de padres se unen para poder elegir la lengua vehicular para la educación de sus hijos, su «único objetivo es generar discordia». Cualquier debate racional es imposible en estas condiciones. La lista de los que se quieren cargar ese idílico y autocomplaciente País Vasco que sólo los nacionalistas perciben se va engrosando.
Esta situación nos revela la existencia de una enfermedad muy arraigada en nuestra sociedad y que empieza a parecer crónica. De un lado, acredita que en este País Vasco desde el nacionalismo, o en su nombre, no sólo se atenta contra el derecho a la vida sino también contra el derecho a la libertad de conciencia, de expresión, de opinión. En esta sociedad hablamos mucho de la muerte física, cada vez menos frecuente por fortuna, y muy poco de la muerte civil que padecen, cada día de manera más intensa y constante, quienes se rebelan ante la imposición. Aquí las únicas alambradas las construyen quienes al argumento contestan con la descalificación personal del oponente, y responden no con razones sino incoando aberrantes procesos de intención. Y son estos, los que impiden diariamente el ejercicio de la libertades, quienes se rasgan cual fariseos las vestiduras y se permiten con una desfachatez sin límites ni medida denunciar la existencia de un déficit democrático que sólo a ellos es imputable. No sólo no nos respetan, encima se ríen de nosotros. Son el paradigma perfecto de quienes ven la mota en el ojo ajeno pero no la viga en el propio.
Ahora bien, y éste es el otro aspecto de la cuestión, los últimos responsables de lo que sucede somos todos los ciudadanos vascos que lo permitimos. Sólo en una sociedad adormecida, embargada por una mezcla de sentimientos como el miedo, la precaución, la indiferencia, el sentimentalismo más irracional, la sensación de impotencia, el desánimo y el egoísmo pueden mantenerse situaciones así. Es cierto que la violencia física y la coacción moral a las que estamos sometidos explican que se haya llegado a esta situación. Pero tenemos que reaccionar, sobreponernos a ese estado de ánimo, no limitarnos a aguantar. Tenemos que aprender a utilizar nuestros derechos. Tenemos que articular un gran y profundo cambio en el gobierno de esta sociedad. Tenemos que convencernos de que es posible otro País Vasco, en el que, como decían aquellos jóvenes socialistas, no sea cosa de locos el pedir libertad y conseguirla.

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