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No voy a escribir sobre ETA. No quiero darle más palabras impresas. Voy a negarla mediante el humor, intentando hacerles sonreír.
El ágape de las bodas de medio pelo o calvas suele celebrarse en restaurantes de ejecución masiva -a veces no sólo en sentido figurado-; hangares 'kitsch' en los que la pareja corta la tarta nupcial de varios pisos con dificultad y una espada medieval de hojalata y en los cuales la calidad gastronómica está algo por debajo del rancho del orfanato de Oliver Twist.
Por un precio 'económico', estos vastos y bastos restaurantes apañan menús nupciales completos con aperitivos -los aterradores cócteles de 'champán'-, vino infecto en cantidades como para una boda -nunca mejor dicho-, postres de fabricación tan industrial como las tuercas y licores que escupiría un mendigo moscovita.
Suelen ser factorías inmensas, de varios pisos, universos completos dedicados a la transformación de innobles materias en platos con somera apariencia de resultar aptos para el consumo humano. Con este desenfadado sentido de la restauración -de antigüedades- hostelera, estos emporios de lo insalubre se atreven a dar forraje a varias bodas, numerosa cada una como los elementos de la plaga, al mismo tiempo.
Tuve la desgracia de tener que acudir a una de estas comidas por un equivocado sentido de la amistad. Era el enlace de unos amiguetes de Madrid. Trescientos invitados por su parte y más o menos otros tantos en los otros dos pisos: tres bodorrios a la vez. Casi un millar de infelices allí atrapados, en un páramo desierto. Pues con los fétidos olores que expelía, el restaurante no podría haberse ubicado en las calles de una ciudad, ni siquiera de Madrid.
Indagué que el menú era idéntico para las tres bodas; no se complicaban la vida. Describiré someramente para evitarles náuseas. Juro que vi moverse una ensaladilla rusa; los langostinos olían como un urinario público portátil y habrían servido para estudiar el proceso de fosilización; el jamón no era de bodega, sino de mazmorra; el lenguado era gallo y de un verdoso disimulado con una sorprendente salsa de pistachos; el solomillo se lo habían comprado a los hombres de Cromagnon y las patatas habían sido fritas en el mismo aceite que les lanzaron a los aqueos desde las murallas de Troya. En cuanto a la tarta, un niño le tiró a otro un grumo de merengue y le hizo una brecha. Me atreví a beber una copa de vino, perdí la visión durante unos minutos y al recobrarla huí antes de que el diablo se enterara de que me habían envenenado.

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