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Tomen nota. Los problemas de salud del aparato genital masculino y los problemas de esterilidad con los que estamos confrontados son potencialmente tan importantes como los problemas causados por el calentamiento climático. Así se explica que da gusto el investigador médico sueco que fue el primero en constatar en el año de gracia de 1992 la bajada en picado por un periodo de medio siglo de la mitad de los espermatozoides que en el hombre son o deberían ser de cara a la fecundación. Las partes pudendas del varón del siglo XXI son presas de diversos males acrecentados por los tiempos que nos toca vivir. El científico nórdico, precursor en hacer números en el órgano viril y en demostrar con cifras en la mano que los 'bichitos', protagonistas de cuentos de sexo para los pequeños, disminuyen como los salmones en los ríos.
El problema del espermatozoide, su decadencia y caída, su rápida inmolación en aras del progreso insostenible, es pues comparable en magnitud, estaría a la par en alarma y preocupación con la creciente problemática de las emisiones de CO2. Añádase a esto, el aire de fracaso irrespirable que emanan las cumbres internacionales junto a protocolarios e insuficientes soplos que mantienen congelado el Protocolo de Kioto. El mismo Al Gore, que ha logrado ser profeta en su tierra enarbolando la bandera del cambiazo atmosférico, si un suponer cayera el mediático político con causa norteamericano, aquejado de algún mal en los genitales, su caso, supuesto, caería de inmediato dentro de una estadística de adversidades contemporáneas para estar a la altura en cuanto a importancia con la gravedad de la desaparición o merma de los bosques, mares y sus incontables especies en peligro.
Tan terrible es el derrumbe acelerado de los icebergs como el desmoronamiento de los gametos masculinos. Eso viene a decir el sabio de Copenhague. Que el futuro depende del mundo microscópico que anda tan maltrecho o más que el mundo visible cuando el mañana será de la ameba, de la molécula, del neutrón y el protozoo, o no será.

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