La decisión del presidente Zapatero sobre el cierre de Garoña ha tenido un singular efecto que sólo suelen producir los árbitros de fútbol en ciertos encuentros decisivos. No ha contentado a nadie, ni locales ni visitantes. Pongamos que en este caso los locales eran los partidarios de prorrogar sine die la actividad de la central, mientras que los visitantes serían entre otros los ecologistas que exigían su cierre inmediato. El colegiado Rodríguez Zapatero, con dos apellidos como manda la costumbre, pitó el final del partido con un incómodo empate en el marcador. La planta seguirá en funcionamiento, pero sólo un tiempo. Se cerrará, pero después de haber dado de sí unos cuantos vatios más, cosa que sucederá casualmente después de las próximas elecciones generales. Pese a todo el ministro Sebastián se mostró convencido en la merienda de sapo que protagonizó en público. Dijo que la decisión del Gobierno era «políticamente coherente, laboralmente responsable, técnicamente justificable y energéticamente asumible». Ahí queda eso. Sólo le faltó añadir que también era esdrújulamente rebuscada. El tema lo justifica. A veces da la impresión de que el debate sobre la energía es una cuestión de fe y no de ciencia ni de técnica. O se sostiene el dogma de las renovables o se cree a ciegas en el misterio de la atómica. Hay testimonios de gente que ha sido vista postrada al pie de un molino, haciendo sus plegarias a Eolo, y de otros que cada noche se encomiendan al santo patrón del uranio, que me suena que es ruso pero no me hagan mucho caso. Tal como se han planteado las posturas hasta ahora, las decisiones sobre política energética habría que tomarlas en concilios y no en consejos de ministros. Y los informes, en vez de pedirlos al Consejo de Seguridad Nuclear para luego mandarlos a la papelera, tendrían más peso si vinieran firmados por obispos. Como muchos de mis contemporáneos, quedaría sumamente agradecido a los expertos si tuvieran la deferencia de exponernos las cosas tal y como son y no en lenguaje de catequesis o de panfleto. Ahí es donde entra en juego un Gobierno al que corresponde hacer tarea pedagógica antes de tomar decisiones demagógicas. Algo hemos avanzado, no obstante. Antes hubo centrales nucleares asociadas con viles crímenes. La de Garoña quedará vinculada solamente con la figura de un presidente vacilante que, por contentar a todos, no dejó satisfecho a ninguno.