Tradicionalmente, la inflación ha ocupado uno de los escalones del podio en la carrera de nuestros estrangulamientos económicos y en dura pugna con el paro y el déficit comercial. Tras una fase de cierta bonanza, el paro mantiene su lugar, mientras que el déficit solo encuentra el triste consuelo del desfallecimiento de las importaciones provocado por la crisis del consumo y el derrumbe de la inversión. Por el contrario, la inflación ha tenido en los últimos meses un comportamiento singular. Hemos pasado de estar preocupados por su elevado nivel, a mirar con angustia sus bajos registros. No solo tenemos una inflación negativa del 1%, sino que hemos llegado a ella de una manera brusca y en un tiempo inusitadamente reducido.
Dejando aparte las académicas y poco relevantes discusiones sobre si hemos traspasado o no los límites de la deflación, cabe plantearse si debemos preocuparnos por la evolución de los precios. Para contestarnos a esta pregunta tenemos que averiguar antes las causas del extraño fluctuar de los precios. Atravesamos una época de escasez de demanda y eso, sin duda, los presiona a la baja. Es una práctica universal que, cuando descienden las ventas, los vendedores procuren animar al consumo ofreciendo precios reducidos. Pero no parece que las cosas vayan a ir a peor en este sentido, pues no deberíamos esperar más pinchazos de la demanda, siempre y cuando el paro no empeore sus ya negros registros.
Nosotros analizamos la evolución de los precios, de la misma manera como lo hacemos con la mayoría de las variables económicas y comparamos siempre la situación inmediata con alguna referencia temporal anterior. Así, en estos últimos meses hemos comparado precios bajos de la energía y los alimentos, con los altísimos niveles que alcanzaron en la primera parte del año pasado. Sin embargo, esta situación se modificará en el próximo futuro, cuando hagamos lo mismo con los últimos meses de 2008, que reflejaban ya unos niveles más moderados. Si se fijan en los niveles de la inflación subyacente -que no tiene en cuenta estos capítulos-, verán que las cosas cambian sustancialmente.
Si este análisis es correcto, si la inflación no va a suponer un problema grave para la economía española de los tiempos venideros, podríamos conjugarla con el diálogo social en curso. ¿Por dónde conectan? Por las cotizaciones sociales. Las dos demandas principales de la patronal son el abaratamiento del despido y la reducción de las cargas que soportan para apuntalar el sistema de protección social. En lo primero se enfrentan al muro insalvable de la tozudez presidencial. En lo segundo hay más margen. El Gobierno ofrece una reducción que se compensaría, cómo no, apelando al déficit de los presupuestos públicos. Pero hay otra opción, que consiste en ampliar la reducción y financiarla con el aumento del IVA. Supondría un gran alivio para las exportaciones y no causaría un descalabro para una inflación tan moderada, aunque el consumo podría resentirse por la elevación general de los precios.
Gobernar es elegir y discriminar. Probablemente ahora sea mejor opción rebajar sustancialmente las cotizaciones y subir el IVA. Pero no se alarmen, estoy seguro de que Zapatero optará por rebajar un poco las cotizaciones -lo justo para que los empresarios salven la cara en la negociación- y cargar el esfuerzo sobre el déficit que, en este país, no tiene sindicato -ni familia, ni municipio que lo defienda. La semana próxima lo vemos.