Nadie pretenda que todo sea milagro, que es antes persuasión del descuido que de la piedad religiosa». La definición es de Quevedo y le va como anillo al dedo a esta rutina del G-8, y a la costumbre de que los dirigentes del mundo sean recibidos por el Papa de turno. Obama cumplió también con esta plegaria 'in extremis'. No creo yo que sirva de gran cosa, pero animo a no cejar, visto el difícil anclaje de los poderosos con la oscura realidad que se abate sobre los débiles. Y si siempre este tipo de reuniones del G-8 constituyeron una frivolidad y el fracaso de la voluntad, en esta ocasión aún ha sido más notorio. Cuando el amo del mundo estaba por la labor, ustedes saben: efecto invernadero, cambio climático, emisión de gases a la atmósfera, etc., las economías emergentes, como China o India, no lo estaban. Es lo que tiene hacerse rico, uno acaba por abrazar la idea de que los poderosos se enfrentan a mayores dificultades porque no están acostumbrados a la miseria. Por ejemplo, el G-8 ha prometido 15.000 millones de euros para África en los próximos tres años y, sin constancia ni pagaré, la generosidad política se extinguirá con su mandato. Las promesas incumplidas de otras ediciones se acumulan casi a tanta velocidad como la calamidad humana.
Y si en el plano humano no hay consenso, tampoco parece que se anude el gran entendimiento en torno a lo divino. El Papa coincidió con Bush en su idea contra el aborto y difirió de sus posiciones a favor de la guerra de Irak. Con Obama sucede lo contrario: se está a partir un piñón en la abominación contra la guerra y se discrepa radicalmente del concepto sobre la vida, el aborto o las células madre. Sin embargo, la 'diplomacia blanca' advierte notables coincidencias entre uno y otro: ambos se declaran a favor de una asistencia sanitaria universal, de la reformas de las leyes sobre inmigración, de un enfoque multilateral de la política y del acercamiento al islam para superar un escenario de conflicto entre civilizaciones.
Tanto en lo espiritual como en lo humano se ha hecho un esfuerzo supremo por enfatizar lo que nos une frente a lo que nos separa. Que, en definitiva, es la fórmula de éxito que permitirá convocar la próxima cumbre. Con lo que «volveremos a hablar de Gobierno» (del mundo), como decía aquel humorista en tiempos de la censura franquista, «el año que viene, si Dios quiere».