Han entrado en vigor las ayudas para la compra de motocicletas y ciclomotores. Es una de esas noticias que de entrada todos acogemos con entusiasmo, aunque al rato nos demos cuenta de que no nos dan ni frío ni calor. No tenemos opinión, principalmente porque no tenemos moto ni intención de comprarla. Pero el Plan Moto-E se suma a otras medidas dignas de aplauso, todas ellas destinadas a la compra de artículos de primera necesidad tales como los todoterrenos, las neveras 'no frost', los lavaplatos con sistema antirruidos y las bañeras de hidromasaje también conocidas como jacuzzis. Aunque el alcance de las ayudas no siempre sea el mismo y dependa de las comunidades autónomas, la cosa es dar un empujoncito a las economías domésticas. Hacía falta una subvención motera. Era necesaria para seguir poblando nuestras calles y nuestras carreteras de esos sonoros vehículos que empezaron a proliferar en los gloriosos tiempos de Ángel Nieto y que últimamente se han multiplicado gracias al efecto emulador de Pedrosa, Lorenzo, Bautista y demás jinetes del asfalto. Además había que dar salida a tantos miles y miles de motos que criaban polvo en los concesionarios. Y es que, aparte de su innegable función social, las subvenciones del próvido Estado buscan sanear sectores en horas bajas. De ahí que las cuantías no hagan distingos entre compradores. Como ha pasado con los automóviles, recibirá lo mismo el repartidor de pizzas que el coleccionista de Harleys. Igualitarismo, se denomina esta figura. Lo único inquietante de la iniciativa es que para disfrutar de sus beneficios se exige el requisito de hacer entrega de otra moto previamente achatarrada. No envejecida, averiada o pasada de moda, no: convertida en chatarra, según los comunicados oficiales. Miedo da pensar lo que pueden ser capaces de hacer algunos jóvenes para pillar el descuento. Esperemos que antes de empotrarse contra un camión se lo piensen dos veces y elijan otras fórmulas. Por ejemplo, el rociado de gasolina y la posterior ignición. O el aplastamiento a mazazos. No vaya a ser que por fomentar el sector de la automoción acabemos impulsando en su lugar el sector funerario, el único que no conoce ni conocerá nunca la crisis. Un amigo motero me dice que hubiera sido mejor gastar este dinero en guardarraíles. Es otra idea. Ahora, a esperar el turno de subvenciones a las bicicletas, a los patinetes, a los cochecitos de niño. La cosa va sobre ruedas.