Las aulas vascas contarán a partir de enero con 20.000 ordenadores portátiles, dentro del proyecto 'Escuela 2.0' liderado por el ministro Ángel Gabilondo. Se trata de iniciar desde edades tempranas a los alumnos en el manejo de Internet y de las modernas tecnologías, convertidas en herramientas de formación y piezas pedagógicas básicas. El gran esfuerzo inversor, cerca de 200 millones de euros en el total de España, a financiar al 50% entre el Gobierno central y las comunidades autónomas, explica la envergadura de un plan resumido en el lema 'un alumno, un ordenador'. Un planteamiento correcto -los centros precisan de esta infraestructura para dar un salto cualitativo en sus iniciativas docentes-, pero cuya eficacia corre el riesgo de verse seriamente condicionada si la operación se limita a un suministro de instrumental y no se promueve la creación de un nuevo modelo educativo o se trabaja en la adecuación del presente.
El último aviso lo ha dado la Fundación Encuentro que, en su 'Informe España 2009', señala las fallas existentes en la adaptación de las nuevas tecnologías a la enseñanza. Un diagnóstico, coincidente con el de muchos expertos, que cuestiona el rendimiento de cuantiosas inversiones en material informático si no van acompañadas de un cambio pedagógico orientado hacia la didáctica digital. En la actualidad, el ordenador está lejos de ser una pieza crucial del sistema educativo, reducido en la mayoría de los casos a mero auxiliar del profesor, e Internet no pasa de ser materia de asignatura. Ninguno de los tres elementos fundamentales del proceso docente -centro, profesor y alumno- han evolucionado lo suficiente hasta estar preparados para optimizar las posibilidades pedagógicas de las tecnologías de la información y la comunicación La consecuencia es un sistema educativo que incorpora materiales de vanguardia pero sin adaptar el diseño curricular; un profesorado que carece de preparación para hacer un uso creativo de sus posibilidades y que mira con recelo a unos alumnos que, en muchos casos, le superan en habilidades; y unos escolares que utilizan la Red con soltura en su tiempo de ocio, pero que la ignoran como apoyo para el estudio. Unas limitaciones que, además, no pueden ser contrarrestadas por las familias, afectadas de las mismas debilidades.
La conclusión es obvia: el cambio tecnológico ha de tener su correspondencia en el modelo educativo. Y para ello es imprescindible invertir no sólo en portátiles y redes inalámbricas, sino también en innovación pedagógica, en renovación de la metodología docente y en capacitación del profesorado, hasta hacer del ordenador una nueva forma de enseñar y de acceder al conocimiento. Un paso imprescindible para que los ciudadanos del futuro puedan enfrentarse con criterio selectivo al caudal inmenso de información que define ya a nuestra sociedad. El pacto por la Educación todavía pendiente no debería ignorar estas exigencias.